La Esfera

Escribo esto bajo una considerable tensión mental, ya que al caer la noche mi existencia tocará a su fin. Sin un céntimo, y agotada la provisión de droga que es lo único que me hace soportable la vida, no podré aguantar mucho más esta tortura e iré al encuentro del terror que me acecha en las sombras. Que mi adicción a la morfina no les lleve a considerarme un débil o un degenerado. Cuando hayan leído éstas páginas apresuradamente garabateadas, podrán comprender, aunque no completamente, por qué debo olvidar o morir.

            Deben saber que antes de caer en las garras del opio, mi profesión y pasión era la arqueología, en concreto la egiptología. Estudié con los mejores, en las mejores universidades. Y conocí a muchos y magníficos compañeros de profesión. El más cercano, al único al que consideraba amigo mío, casi un hermano, era toda una eminencia en la historia americana precolombina. Nuestro mutuo respeto y cariño nos llevaba a consultarnos en multitud de ocasiones, a pesar de lo diferente que eran los campos que estudiábamos. O eso creíamos.
            El inicio de nuestras desgracias se encuentra en una de éstas consultas. Mi estimado Marlow (así se llamaba) acudió una fría noche invernal a mi casa. Traía un pequeño bulto envuelto en tela que estaba ansioso por mostrarme. Nos pusimos al día, pues hacía casi un año que no nos veíamos, y sus estudios en el corazón de los Andes no facilitaban la comunicación precisamente.
            Tras una agradable charla y unas copas, me mostró aquel paquete. Era una esfera grande, del tamaño del cráneo de un infante de meses de vida, de un azul brillante, pulida, sin una marca, transparente. Dentro de ella, si la ponías a la luz de la chimenea, se atisbaba un símbolo inequívoco, el Ojo de Horus. Pero era diferente. En lugar de una pupila redonda había una alargada, fina, como la de una serpiente o un gato. Curiosamente, la pupila parecía brillar con una tonalidad rojiza, y sin duda el efecto de la luz refractándose provocaba la sensación de que te vigilara, de que se moviera buscándote. Resultaba inquietante, pero estaba acostumbrado a tales artefactos.
            Sin embargo, éste tenía algo que nunca había visto. Marlow lo había encontrado en los Andes. ¿Cómo era posible? Me pregunté. La Esfera de Horus (así la llamábamos) se encontraba dentro de una cámara funeraria que encontraron de casualidad en una excavación. La tumba era, con total seguridad, egipcia.
            Marlow traía su libro de anotaciones. Estaba repleto de símbolos egipcios que conocía muy bien, todos copiados del lugar donde reposaba la Esfera. Incluso habían encontrado una momia, vendada como los Faraones. Ciertos autores habían comenzado a coquetear con la idea de una comunicación precolombina a través del Atlántico, pero esto parecía totalmente absurdo.
            No lo dudé, y dos semanas después me encontraba en lo alto de la cordillera sudamericana, observando con mis propios ojos, tomando mis propias notas, de aquella tumba faraónica en medio de un poblado Inca. ¿Cómo podría haber ocurrido tal milagro? No podía ser una falsificación, estaba demasiado bien conseguida, ni yo mismo la hubiera hecho mejor. Lo que más me llamó la atención fueron las inscripciones que rodeaban la momia y el pedestal de la Esfera de Horus. Al parecer aquel objeto había sido tallado por un Dios hermano del Señor del Inframundo, renegado por toda la eternidad al sufrimiento eterno en los fuegos del Averno. No especificaba su nombre, pero sí narraba que la Esfera era una maldición. Aquel que la poseyera, fuera Dios u hombre, poseería el poder de viajar donde quisiera, y todos aquellos cuya existencia fuera infeliz donde estuvieran le seguirían. Pero cada vez que se usara el poder de la Esfera, el Mundo se debilitaría, abriendo cada vez más las puertas del Infierno. Por ello, Horus pidió ayuda a los demás Dioses, pues sabía que una catástrofe semejante acabaría por destruir el Mundo tal y como Ellos lo habían creado y gobernado. Reunidos en Consejo, los Dioses crearon a una criatura, el Avhanii, que perseguiría y condenaría el alma de aquél que usara la Esfera y de toda su familia, para evitar que nadie la tuviera. Después la narración continuaba explicando qué sucedió para que acabara enterrada junto a alguien que la vigilaría eternamente (la momia supusimos). Por desgracia la escritura se había degradado y no se podía estudiar correctamente. 
            Una vez analizamos tal relato, Marlow comenzó a especular con la posibilidad de que la tumba fuera construida en los Andes, sino en Egipto, y que la Esfera, como acto de última maldad, decidiera desplazarse junto con la cámara funeraria a otro lugar, lejano a donde nadie pudiera encontrarla. Desechamos esta idea como absurda, debía de haber una explicación racional, pero aunque lo negábamos no la abandonamos. La posibilidad de que ese objeto tuviera tales poderes nos aterraba y fascinaba al mismo tiempo, como a un niño pequeño que se esconde debajo de las sábanas en la oscuridad, pero no deja de sacar un ojo para ver aquello que se esconde entre las sombras.
            Cuando volvimos de nuestro viaje, Marlow se quedó con la Esfera, para entregarla en no recuerdo qué Museo, junto a multitud de objetos recopilados en su excavación. Sin embargo, pasados cinco años después de la anterior visita, volvió a mi casa con la Esfera de Horus envuelta en una tela, como antaño hizo.
            Habían sido cinco largos años. No nos habíamos visto desde entonces, ni enviado cartas, ni nada. Cinco años de larga incomunicación. Cuando le abrí la puerta estaba empapado por la lluvia, helado por el frío, harapiento, tembloroso, con el cabello y la barba descuidada. Parecía que hubiera envejecido cincuenta en lugar de cinco años. Apenas le reconocí si no hubiera sido por sus ojos. Unos ojos que mostraban un pánico atroz.
            Le obligué a asearse, le presté ropa, y le serví una copa de coñac para que entrara en calor. Mientras me contaba qué le había pasado temblaba, miraba furtivamente a las sombras. Decía que algo le perseguía, algo que había matado a sus amigos, a su familia, y todo por la Esfera de Horus. Se la había quedado. Algo, un brillo fascinante y aterrador en el Ojo de su interior le había cautivado, y finalmente no la entregó al Museo. Incluso habló de una lágrima de roja sangre que el ominoso óculo dejó caer, llegando a salir de las brillantes capas de macizo mineral, y cayendo al suelo de su despacho, dejando una marca indeleble en la madera.
            Todo esto me parecía una auténtica locura. Decía que ante tales horrores había acabado presa de la morfina. Dependiente del sueño opiáceo para librarse de las torturas de la realidad. Perdió su prestigio, todas sus posesiones, y la vida de sus seres queridos. Todo, me decía aterrado, a manos del Avhanii.
            Tuve que tranquilizarle. Esto era una enorme locura, algo demencial. ¿Cómo Marlow, un hombre racional, podía creer en estas cosas? Imaginaba que una serie de fracasos le habrían llevado a la morfina y que, al volverse dependiente de ella, habría sido abandonado por su familia, y que sus bienes habrían acabado convertidos en jeringuillas. Eso, o que él había acabado matándolos. La mente del morfinómano no funciona como la de los demás.
            Finalmente, me pidió papel y tinta. Se los facilité, y se puso a dibujar. Cuando acabó, me mostró un horror envuelto en tinieblas. Un ser envuelto en una especie de hábito oscuro, roído. Tal horror era alto, muy alto, de más de dos metros. Las piernas eran largas y finas, pero me decía que sus tendones eran más fuertes que el acero templado. El pecho fuerte, y los brazos transformados en alas, con garras en lugar de manos. Pero por encima de todo destacaba su largo cuello, que doblaba hacia abajo, y encajaba en la parte posterior de un terrible cráneo que parecía salir de la piel. La cabeza parecía la de un ciervo o un caballo, sin osamenta, pero con unas fauces llenas de dientes de tiburón. Marlow dijo que eso era el Avhanii. Eso era lo que había visto cada vez que la fortuna le volvía la espalda. Que estaba presente cuando perdió su fortuna. Lo veía en cada sombra, en cada reflejo, en cada cuadro. Finalmente lo vio de cuerpo real. Presenció cómo una noche mató a su hijo con sus garras, con sus dientes, con su brutal fuerza. Cómo ejecutó a sus hijas, a su esposa, sin piedad. Todas las noches desde entonces, decía, le perseguía, y le dejaba horribles marcas en la piel, señal de que su condena le perseguiría eternamente por usar el poder de la Esfera.
            Si sus palabras eran ciertas. Esa noche el Avhanii vendría a por él, para acabar con su vida y con su alma inmortal. Para demostrármelo, se desnudó y me mostró las terribles heridas sangrantes que ningún médico había podido sanar. Sólo la morfina le aliviaba el dolor físico y mental que le atormentaba.
            De repente, las luces se apagaron. Marlow gritó que estaba allí, que había venido a por él. La oscuridad se hizo densa, palpable, maleable. Algo terrible me hizo despegar del suelo y precipitarme contra una esquina. Quedé semiinconsciente, pero guardé la suficiente fuerza de voluntad como para atisbar algo enorme que se movía entre las sombras, que aprisionaba a la silueta de Marlow, y le destrozaba con terribles movimientos para, finalmente, desaparecer a través de un portal que brillaba con una pálida luz azul y púrpura.
Finalmente me desmayé, y a la mañana siguiente, al despertar, pude ver la estancia destrozada, pero sin una gota de sangre. Parecía como si todo aquello que hubiera sido parte de Marlow hubiera desaparecido a través de tal terrible puerta (supuse) al Inframundo.
De algo me costó percatarme, que no vi hasta que con ayuda de amigos y vecinos reestructuré la habitación. La Esfera de Horus seguía allí, intacta, llamándome. En la soledad de la noche podía sentirla invocándome a poseerla, a reclamar su poder como mío. Decía que el Día de la Liberación estaba cerca. Sólo tendría que hacerla mía, y cuando lo Inevitable ocurriera, yo sería el Elegido entre los Elegidos.
Era un tormento. Al principio creí que eran sueños, pero me di cuenta de que era real. La Esfera me llamaba por mi nombre, me prometía innumerables riquezas. Para ello sólo tendría que reclamarla.
Decidí deshacerme de ella, y la cedí al Museo para el que trabajaba. Durante un año tuve paz, pero poco a poco la piedra volvió a invocarme. Pasó de los ofrecimientos a una imperiosa orden. Si no la reclamaba, vendrían otros que lo harían, y me condenaría eternamente por haberla rechazado.
No sé cómo, un día que estaba en el Museo, me acerqué a contemplarla. Mientras la observaba, pude ver una lágrima sangrienta salir del Ojo, atravesar el cristal, y dejar su marca en la caja de vidrio que la contenía. Algo se apoderó de mí. Sentía que no controlaba mi cuerpo, aunque estuviera dentro de él. Saqué la Esfera de su caja, y justificando no recuerdo qué estudio, me la llevé a casa. No tuve problema, puesto que tenía carta blanca con los dirigentes del Museo. No tenía ni idea de los horrores que tal acto iba a desencadenar en mi vi…
¡¡Oh no!! ¡¡Ya ha comenzado!! Estas líneas son lo último que voy a escribir. Tras la muerte de mi familia, la pérdida de mi fama, de mi fortuna, comprendo ahora al pobre Marlow. Cuando ya no me queda ni morfina para aliviarme, cuando nada podrá disimular el horror de la muerte de mi cuerpo ni inducirme en un sueño profundo para ignorar qué ocurrirá con mi alma, es cuando siento la misma desesperación que él experimentó. Tengo a mi lado la Esfera de Horus. Ignoro si algo podrá espantar, no digamos dañar o matar al Avhanii, pero al menos estoy dispuesto a intentarlo. Si algo podrá al menos distraerle, es este terrible mal esférico. El Ojo me mira, tiembla. Mira a la puerta, a las sombras de mi pequeña y destruida estancia. Lo último de mi vida…
La vela se ha apagado, las sombras se ciernen sobre mí… ha comenzado…

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Autopista al infierno

I'm on the highway to Hell! On the highway to Hell!
Highway to Hell! I'm on the highway to Hell!
- ¡Quita eso! ¡No me tortures más con esa música!

There is a house in New Orleans. They call the Rising Sun.
And it’s been the ruin of many a poor boy. And God I know I’m one…

- Cuando digo que la quites es para que la pares, no para que pongas la siguiente canción del disco…
- ¿Pero qué te pasa?
- Llevamos todo el día en el coche, hace calor, me duele la cabeza, y eso no es la mejor combinación para escuchar rock hijo mío…
- Está bien, lo paro. En el siguiente pueblo paramos y buscamos un hostal.
- ¿Estás loco? Estamos en medio de ninguna parte. Sigamos hasta Las Vegas.
- ¿Pero no dices que estás cansada? Yo también lo estoy, todo el día conduciendo, encima se hace de noche ¿me quieres dar el relevo?
- Hhhhhhhmmmm….
- Entonces paramos ¿no?
- Paramos… según el mapa el siguiente pueblo queda cerca, hay un lago parece, aunque en medio de este desierto me imagino más una charca embarrada.
- Pues vamos a la charca y buscamos una tasca de película americana donde tomarnos unas copas.
- Mmmm…
- ¿En qué piensas?
- ¿Acaso piensas que vas a ligarte a una camarera?
- ¿?
- La verdad es que no me preocupa eso, llevas todo el día con una chica en shorts y bikini pendiente de todos tus movimientos… Pero claro, como estás tan enamorado de esta chatarra…
- ¡Eh! ¡No digas esas cosas! Esta “chatarra” es un Chevrolet Impala del 67…
- … que es el coche de Dean y Sam Winchester, de Sobrenatural. Sí, lo se, eres un friki.
- Y tú estás celosa de un montón de chatarra.
- Se de alguien que esta noche se queda sin fiesta…
- Eh…
- Ah, ah. ¿Por qué no duermes en tu precioso Impala mientras yo me voy al bar? Puede que encuentre algún chicarrón del desierto que no tenga un coche tan chatarroso y…
- Está bien, tú ganas. Dejaré de hablar del coche y te echaré más cuenta a ti cuando no estemos en carretera.
- Si es que al final todos sois igual de simples… Mira, allí está la salida hacia el pueblo.
En el cruce giraron a la izquierda. El pueblo estaba tranquilo. Algún viandate por allí, un par de personas charlando en el supermercado de al lado de la gasolinera, un viejo sentado en un banco… No se veía ningún hostal por ninguna parte, así que volvieron y le preguntaron al viejo del banco.
- Perdón señor, ¿sabe dónde podemos encontrar un motel en el pueblo?
- Tomad el camino a la vieja mina, al lado del lago. Está señalizado, no tiene pérdida.
- Gracias, hasta la vista.
- Esperad. Aunque es el único lugar cerca no se lo recomiendo.
- ¿Perdone?
- Han pasado cosas raras en ese lugar, hay rumores, habladirurías, se dicen cosas extrañas, y no del todo inciertas parece ser. Mejor que continúen su camino.
- Creo que nos arriesgaremos, pero gracias por el consejo.
- ¿Qué crees que quería decir el viejo con eso?
- Ni idea, pero no me asusta, ¿o es que tienes miedo de que le pase algo a tu precioso coche?
- Ñiñiñiñiñiñi…
Llegaron por fin al hostal. Aparcaron. Bajaron y fueron a pedir habitación. El motel no estaba mal, no era gran cosa, pero no parecía el lugar que se habían imaginado. No creía John que fuera a aparecerle un fantasma por la esquina del final del pasillo. Jane también alejó de su mente a ese asesino que le acechaba entre las sombras del baño de la habitación armado con un cuchillo de carnicero. Todo parecía tranquilo en ese apacible lugar.
Tras dejar las maletas salieron en busca de un lugar que demostrara que el pueblo tenía algo de vida. No les costó mucho, cerca del hotel se encontraba el bar donde parecía tener lugar toda la vida social del lugar. Ruido de platos, olor a parrilla, murmullo de conversaciones apagados por los gritos de los jugadores de billar, música reproducida por una vieja gramola, miradas acusadoras de “forasterismo”…
*    *    *

Ignoraron el ambiente y buscaron un lugar donde sentarse. Tras un par de minutos de ojear una grasienta carta, se les acercó una camarera vestida de un curioso color amarillo pollito. Les preguntó secamente que iban a tomar, y tras tomar nota se dio media vuelta de manera brusca. El ambiente, la verdad, estaba tornándose un poco extraño. Parecía que los forasteros no eran bien recibidos. Jane se comenzaba a preocupar un tanto, le daba mala espina, tenía la sensación de que alguien iba a provocarles, de que iban a intentar arrastrarles hasta una pelea.
John, por el contrario, estaba extrañamente tranquilo, hasta cómodo. Miró a su novia y le guiñó el ojo en un inequívoco gesto para decirle que todo estaba bajo control.
Continuaron tan normales. Mientras esperaban la comida, y cuando esta llegó, sacaron el mapa para ver qué camino tomar al día siguiente. Tenían que llegar a Las Vegas, pero tampoco quedaba demasiado lejos, incluso podrían desviarse si no se levantaban demasiado temprano. Planeando se olvidaron de la rareza del lugar que, ahora que se fijaban, aunque bullicioso, estaba medio vacío. De hecho, cada vez se hizo más patente el manto de silencio que se había extendido en el mugriento suelo de parqué. Los jugadores de billar, antes ruidosos, jugaban ahora en silencio, murmuraban entre ellos, y miraban a su mesa, en especial a John, con ojos burlescos.
Jane estaba cada vez más inquieta, y John cada vez más tranquilo, parecía disfrutar de las miradas jocosas. Jane sabía que su novio no iba a dejarse ofender por cualquier chorrada, era tranquilo, se tomaba las cosas con humor, incluso se imaginaba que si los paletos le desafiaban a una partida de billar, John se dejaría ganar para que quedaran satisfechos. Pero eso no le preocupaba, le preocupaba que si lanzaban el desafío ella no iba a callarse. Se conocía, y sabía que si le picaban su respuesta era morder a la yugular. Si estuviera en casa, en Nueva York, podría saltar a comerse a cualquiera, pero con estos paletos de la América profunda cualquier cosa era posible…
*    *    *
Tras acabar la cena y disponerse a salir se cumplieron las predicciones de Jane. Los jugadores desafiaron a John a una partida (a Jane claro que no ¿una mujer jugando al billar contra los chicarrones del pueblo? ¿en especial una forastera? ¿estamos locos o qué?).
“Tranquila cariño, voy a hacerles sufrir un poco, una partida de igual a igual, cuando salgamos serán hasta amigos nuestros” le dijo. La cosa es que no podrían jugar cuatro locales contra un forastero. Dos de ellos representarían a sus dos compañeros pero ¿y John? ¿Solo contra dos?
Tranquilamente el chico dijo que sólo jugaría si su novia hacía de pareja suya. En tono amigable, mientras le daba la mano a sus contrincantes a modo de saludo. No podrían negarse.
No se negaron.
Jane dejó que John llevara el peso. En caso contrario podría pulirse a los cuatro ella sola. Incluso le reprochó a su chico un par de veces que no les apretara más, cosa que él admitía, aunque sin perder la sonrisa. Estaba dominando la situación.
El final estaba escrito, claro. Ganaron los locales con holgura, pero sin comodidad. Tras unas risas y un par de cervezas cortesía de sus rivales, la pareja salió camino del motel.
*    *    *
Tras llegar a la esquina vieron a un hombre apoyado en una farola, mirando hacia ellos, claramente esperándoles. Reconocieron a uno de los no-jugadores que, tras la partida, había salido a la francesa, aunque no se notó su ausencia ni a la hora de pedir bebidas. Al llegar a su altura se dirigio a la pareja con voz sombría.
- No me gusta que forasteros se cachondeen de nosotros.
- ¿Perdón? – Dijo ella.
- ¿Crees que no he notado que os habéis dejao ganar? – Miró a John – ¿Es que tienes miedo de argo, pijo de ciudad?
Jane notó que se le encendían las mejillas, pero John la agarró fuerte de la mano. Miró al hombre a los ojos fijamente.
- Vosotros habéis lanzado el desafio, ¿queríais que os ganásemos? No tenemos intención de hacer enemigos. Hemos echado un buen rato. Mañana por la mañana estaré encantado de ofrecerte la revancha, sin historias, a ganar.
- No via esperá hasta mañana. Sus acompaño al moté, dejas allí a la chica, y hablamos como hombres.
- ¿Será machi…? – John le apretó la mano.
- Está bien, hablaremos como hombres, pero no como animales. Tal vez este pijo de ciudad pueda sorprenderte con un par de trucos.
Jane sabía que no era una bravuconada, John se había preparado en su día para entrar en la policía, aunque finalmente lo había dejado, y sabía desenvolverte perfectamente en una lucha urbana. Sin embargo algo la inquietaba, John nunca aceptaba un desafío así, no era un hombre al que le gustara pelearse. Había algo raro ahí… algo que no le gustaba…
Llegaron al motel, que no estaba muy lejos, aunque Jane se negó a entrar. Puso mil reparos, pero John la convenció tras decirle a ella y al hombre del pueblo que nada iba a pasar, que en media hora estaría en la habitación con ella. Ella entró, refunfuñante, y les perdió la pista.
John quedó a solas con el desafiante local. Aquello no era precisamente cómodo.
- Mira, no quiero tener que llegar a las manos contigo…
- No vamos a pelear pijo, vamos a resolverlo como hombres. Sígueme, vamos a mi carabana, está cerca, y allí me demostrarás qué tal anda tu ojo.
- ¿Qué sugieres?
- Tiro con escopeta, una bala, una pila de latas a 20 pasos, a oscuras. Si tiras mas que yo mañana sus invitaré a desayuná. Si gano yo, al amanecé sus largáis del pueblo.
- Me parece justo.
Llegaron a la carabana. En la parte trasera dispusieron dos pilas de diez latas de cerveza de lo más variopintas. El hombre cargó su escopeta con dos cartuchos. Primero tiró él.
Calleron 8 latas.
Fue entonces el turno de John.
Todas. Pleno. Había ganado.
El desafiante se volvió riéndose hacia el desafiado, dispuesto a darle la mano y a invitarle a un trago de whiskey. Había sido una competición justa, y él era un competidor nato. Sin embargo, lo único que vio fueron dos ojos con brillo maligno y la culata de su escopeta estampándose contra su frente con una fuerza atroz. No tuvo tiempo ni de gritar. Tan solo hubo oscuridad.
*    *    *
Cuando despertó, se encontró atado, en el patio, sobre un enorme plástico negro que guardaba a modo de toldo para los (escasos) días de lluvia.
Enfrente suya estaba el forastero. Había dispuesto en una mesa una buena muestra de cuchillos de su cocina, junto a una botella que él reconoció como el frasco de cloroformo que guardaba como acelerante para sus barbacoas.
La cosa pintaba mal.
- La próxima vez que quieras desafiar a un forastero… Ah no, perdón, que no habrá próxima, disculpa.
Quiso gritar, pero estaba amordazado. Apenas pudo resistirse a que el forastero le pusiera un pañuelo apestando a cloroformo en la boca y las narices. Iba a matarle, a amputarle, a despellejarle, a descuartizarle, a Dios sabe qué. El cansancio y el cloroformo, junto con el alcohol, hacían lentamente su efecto. La vista se le nublaba, dejaban sus músculos de responder… y volvió a quedar inconsciente.
*    *    *
2 horas después John volvió a la habitación. Jane estaba a punto de subirse por las paredes. Se había vestido para salir a buscarle, cuando el chico entró.
- ¿Dónde has estado?
- En la caravana del hombre ese, hemos estado pegando tiros a unas latas y tomándonos un whiskey.
- ¿No vendrás borracho no?
- En absoluto, no me he tomado más que una. Él, sin embargo, se ha bebido tres cuartos de botella. No creo que despierte en un largo rato.
- Más te vale que no me estés mintiendo…
- Jane.
- ¿Qué?
- ¿Sigues enfadada por lo del coche? ¿O tengo que demostrarte que no hay motivos para tener celos?
- Bueno, después del susto que me has dado, más te vale si no quieres que te tire a tí y a tu coche por un barranco que me demuestres que no hay motivos para estar celosa.
- Ven aquí…
Acababa la mañana cuando salieron del motel. Pagaron la cuenta, dejaron las maletas, y montaron en el Impala.
Un mes después desenterraron el cadáver de uno de los habituales del billar en el pueblo. Estaba descuartizado, ni los huesos estaban enteros siquiera. Nadie sabía qué habia pasado. No había huellas. Todo estaba en perfecto orden. Sin sangre, sin nada. Nadie lo había visto tras aquella noche en la que jugaron al billar con la pareja forastera. Nadie podía imaginar nada…
And I'm goin' down...
All the waaaaay! Whoa!
On the highway to Hell...

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La cacería

Otra noche más. Otra cacería más. Hubo una época en la que ésto me gustaba, en la que era un hobby. Ahora es rutina, tedio, comienzo a odiarlo, si no lo odio ya.
Para hacerlo un poco más suave, decidí ir a mi coto favorito. Uno de esos bares de copas, oscuros, con tubos de neón y Leds que aumentan la sensación de oscuridad más que iluminar. Un bar en los que la clientela mimetiza las sombras vistiendo de negro su blanca piel. Un bar con música dura, tintes góticos, siniestro y vampírico. Un bar donde hermosas y esbeltas chicas de piel de mármol te miran hasta dejarte helado con sus labios tan rojos que llegan a doler en tanta oscuridad.
El perfecto coto de caza para lo que iba a hacer. Una pena que no vaya a disfrutarlo.
 

Me equipé para la caza. Me vestí de negro, como si fuera a un funeral. Adapté mi expresión para asistir a mi propio funeral, viéndolo con risa sarcástica por haber esquivado a la Parca. Me puse también mis lentillas. Nunca salgo de caza sin las lentillas, aún y cuando veo perfectamente. Son indispensables para lo que iba a hacer.


Salí a la calle. Pillé el primer taxi que pasó. Di la dirección al conductor y me encerré en mis propios pensamientos en el asiento trasero. Nunca suelo ir detrás en un taxi, aún yendo solo, pero hoy necesitaba aislarme, necesitaba matar ese sentimiento de culpabilidad que me embargaba en las últimas cacerías.
¿Por qué me sentía así? Era mi voluntad hacerlo, nadie me había obligado, es el destino que he elegido para mí, podria incluso dejarlo. Pero éste destino, una vez te agarra, no te suelta. Sus garras son de acero. De ésas garras que, una vez clavadas en la carne, hacen más daño al retirarlas que dejándolas clavadas.
No. Nunca iba a dejarlo. El fin llegaría cuando la garra me atravesara. El fin requiere mi vida.


Y no se lo iba a poner fácil.
Ni él a mi.

*     *     *
Por fin el taxi llegó al local. Al bajar noté que el frío de la noche era penetrante. Comenzaba a caer una fina lluvia. Ésa lluvia que no moja, pero te traspasa la carne hasta dejarte el frío húmedo encajado en la médula de tus huesos. 
Sin embargo, para mí fue un alivio sentirlo. Señal de que aún seguía vivo, de que había más sensaciones aparte del odio a lo que iba a hacer.
Señal de que hoy iba a haber buena caza. 
Las mejores presas salen en las noches así. Iba a disfrutarlo.
O eso pensaba.

Entré en el local. El aire estaba cargado, casi ardía al respirarlo, daba la sensación de que el oxígeno había sido consumido, que el aire había sido sustituído por otro miasmático gas, igual en todo al aire que acostumbramos a respirar, pero que minaba la mente.
Mejor para mí, así mi presa tendría más ganas de salir a la calle. Las presas son demasiado sensibles a éstas sensaciones. Pero tal territorio es un paraíso.
Al fin y al cabo, las presas son unos temibles depredadores.
O, mejor dicho, depredadoras. Las más peligrosas al fin y al cabo. El león tiene la fama, pero las leonas son las asesinas, las cazadoras, sin ellas los leones seguramente morirían de hambre.
La vi rápido, en cuanto me acerqué a la barra. Estaba en un rincón, apoyada contra la pared, bebiendo de un vaso alargado gracias a una pajita negra lo que parecía ser, irónicamente, un bloody mery.
No había lugar a dudas. El brillo rojizo de su piel, tan sólo visible con mis lentillas, dejaba claro quién, o mejor expresado según los expertos, qué era.
De todas formas me gusta asegurarme, ser metódico, no dejar lugar para las dudas. Podéis llamarme tradicional, pero sólo hay una forma de saber al cien por cien que tu presa es tal.

Tentándola con su plato favorito.

Con una pequeña cuchilla que llevaba escondida me hice un corte en el índice derecho. Inmediatamente, la chica miró en mi dirección. El brillo antinatural de sus ojos, la crispación de sus manos, la tensión en sus mejillas, a punto de quebrarse como el cristal, eran signos más que evidentes.
Pero había que estar seguros.

Capté su atención directamente hacia mí mirándola fijamente a los ojos. Desafiándola a que se atreviera a rechazarme.
Sabía que no lo haría. Antes de verme sabía que me deseaba. Que deseaba mi sangre. Una extraña mutación genética me hacía especialmente apetecible. Probablemente, si no hubiera sido educado como cazador, nunca hubiera sobrevivido a mi primera noche de fiesta, cuando tenía 18 años.

Llegué a ella, me presenté. No me fue difícil conseguir que para ella el mundo alrededor dejara de existir. Claro que había “hecho trampa”, pero claro, ninguno buscaba en ésta conversación el fin que habitualmente todo el mundo busca en ellas.
Para ambos, la palabra habitual no entraba en los calificativos que podrían habernos descrito.

Poco nos importaba.

Me llevé en un momento la mano a la barbilla, mojando mis labios con mi propia sangre, pudiendo saborearla. Sonreí, y la reacción que buscaba no se hizo esperar. Me sonrió, y el brillo afilado de sus puntiagudos colmillos, que amenazaban con salir, hizo patente su naturaleza.

Esa sonrisa, sin embargo, me sorprendió. Había visto miles de sonrisas acolmilladas, pero ninguna como esa.
Una neófita. Una maldita neófita. No debía tener ni un año de vida. Bueno, de “no-vida” dicen los expertos. Lo que tenía delante era una chica, una niña, que había tenido la desgracia de verse convertida en un monstruo.
O la bendición. ¿Quién sabe? ¿Acaso alguien ha vuelto a ser normal tras convertirse en el cazador más temible que jamás nadie ha conocido? ¿Algún científico había conseguido alguna vez la cura para el terrible virus que exterminaba tu humanidad? ¿Era justo lo que iba a hacer en las horas siguientes?

Alejé esas dudas de mi mente, propias de un novato. “Soy un veterano”, me dije, “no puedo dejar que las dudas me venzan. Si lo hacen, estoy muerto, o algo peor”.
Tras un rato en tan gótico local, salimos a la calle. Caminamos bajo la lluvia buscando un lugar apartado. Ella me llevaba por callejones cada vez más oscuros y solitarios. Cualquier otro podría verse intimidado, asustado, pues casi corríamos en busca de el lugar más oscuro y solitario que podría haber en los alrededores.

Yo, sin embargo, me sentía cada vez más cómodo en esta carrera loca hacia la fatalidad. Tenía esa seguridad que te da llevar un arma en el bolsillo interior de la cazadora.
Llegamos tras muchas vueltas y revueltas al fin de nuestra carrera loca. Un callejón sin salida, oscuro, lúgubre, con el suelo brillante por la lluvia que, por fin, había arreciado. Una suave bruma salía del alcantarillado. El callejón, la propia oscuridad, parecía viva, capaz de materializarse en cualquier momento. De hecho, pude fijarme en que la oscuridad parecía manar de mi femenina acompañante.
“¿Una alfa?” Pensé “¿Una alfa de un año?” No podía creérmelo ¿Cada cuánto se presenta ésta oportunidad? La ocasión de retirar una alfa antes de la década de vida (perdón, no-vida, para no ofender a los expertos) era un raro acontecimiento. Eliminar a un mortal enemigo que podría cobrarse cientos, si no miles de vidas, antes de que estuviera en la plenitud de su poder, era como un rayo de sol en un día de siniestras tormentas.
Ya había retirado alguna alfa anteriormente, pero esto nunca me había pasado. Normalmente las alfas son guardadas con celo en sus nidos, y nunca los abandonan hasta estar medianamente maduras.

Con un año era una auténtica bebé. Una bebé de tiburón blanco hambrienta. Pero una bebé al fin y al cabo. Me sentía como un asesino de niños. Me daban ganas de vomitar.
Me estaba dejando llevar por mis emociones. Miré a la chica a los ojos, y me dejé cautivar por su belleza. De rasgos suaves, labios carnosos, ojos y cabello negros como la oscuridad que nos envolvía, bien formada. Era un auténtico trofeo para otro tipo de cazador. Para un cazador más mundano, más carnal, que tanto abunda desde finales del siglo veinte, hace ya 400 años.
La chica se acercó a mi rostro. Sentí su aliento sobre mis labios, cálido, y a la vez mortalmente frío. Me besó, y respondí. A cada momento nuestro beso era más pasional, más duro, más descarnado.
Justo lo que pretendía.

Había llevado a cabo este rito tantas veces que lo realicé de forma automática, hice que sus dientes pellizcaran mi labio inferior contra mis propios incisivos, haciendo brotar la sangre. Una punzada de dolor cruzó mi boca, y me retiré llevándome la mano a los labios, haciéndome el sorprendido. Ella ya había saboreado mi sangre, estaba perdida, de un momento a otro se prepararía para saltar, y antes de que estuviese en el aire la habría acribillado con mi turboláser.

Me equivoqué.
Ella se me acercó de nuevo, saboreando la sangre en sus labios. Me separó la mano del rostro. Y mirándome a los ojos me dijo “no, tranquilo, déjalo, me gusta el sabor de tu sangre, me excita”, para a continuación seguir besándome mientras me arrastraba fuera del callejón.
Volvieron las carreras, aunque ésta vez sí que sabía a donde íbamos. La chica me llevaba con paso decidido a su nido. Y yo me estaba dejando llevar como un adolescente enamorado. 
“Despierta, amigo mío ¡despierta! ¡¡O mañana por la mañana no despertarás!!”.
Poco me importaba la parte consciente de mi cerebro que me advertía contra el peligro. Me dejaba llevar. Lo estaba disfrutando. Iba a tener una sesión de amor pasional y sangriento antes de acabar mi trabajo. Y tal y como pintaba, éste iba a ser mi trabajo más difícil.
Llegamos por fin al nido. Un piso, pequeño. El piso cualquiera de una chica cualquiera. Para nada el oscuro y opresor nido de una alfa. Cómodo, alegremente decorado, bien ordenado. Parecía sacado del catálogo de una tienda de muebles. Estaba hasta bien situado. Pensé por un instante en mudarme aquí cuando acabara el trabajo y las inspecciones posteriores. Maldita burocracia.

En la misma puerta comenzó el baile. Ropas arancadas, abrazos, caricias, arañazos, mordiscos. La maldita alfa estaba volviéndome loco. Iba a perder el control, si no lo tenía perdido ya desde hacía horas. Me arrastró hasta su habitación, me ató a la cama y se subió sobre mí. “Amigo mío, estás perdido, has fallado, pero no pasa nada, al menos no vas a tener una muerte desagradable precisamente” 
El mordisco de las alfas inyecta una serie de drogas al torrente sanguíneo que lo convierten en algo no ya indoloro, sino totalmente placentero. Así la víctima no se resiste, sino que facilita la operación.
Pero algo ocurrió. No me mordió como muerden las alfas, durante el éxtasis orgásmico, de una dentellada brutal, veloz, imparable. No. Se acercó lentamente a mi cuello, y rasgó la piel con sus colmillos, que hacía rato que no escondía. Unos colmillos largos, blancos y afilados, cuyo borde había recorrido con mi lengua hasta hacerla sangrar, lo que la mantenía cada vez más excitada.
El rasguño hizo brotar la sangre. No hubo drogas, no hubo placer. Hubo escozor y dolor. No era un arañazo superficial, pero tampoco profundo. Lo suficiente como para que manara sangre no solo procedente de los capilares cutáneos. Acercó la boca a la herida, y succionó hasta saciarse.

Una vez terminó el éxtasis. Sin retirarse de encima mía, se acercó a la mesita de noche, abrió un cajón, y sacó algodón y alcohol. Curó mi herida, y luego me puso un pañuelo en la nariz. Pude sentir por un breve instante el olor al cloroformo que terminó por dormirme, pues el esfuerzo y la pérdida de sangre ya habían hecho bastante. Por lo menos seguía vivo
 *     *     *
A la mañana siguiente desperté en mi apartamento. Instintivamente llevé mi mano al cuello. No había herida, estaba cicatrizada totalmente. Algo debía haberme hecho la vampiresa aparte de curarla con alchohol.
Me levanté, y revisando mi ropa perfectamente colgada en una percha, encontré un papel en el bolsillo en que debía estar mi pistola. Una nota, en perfecta caligrafía, escrita con pluma. La muy zorra había usado mi estilográfica para escribirla, pues se encontraba encima de mi escritorio.

Como podrás comprobar sigues vivo ésta mañana. Desde el primer momento supe que eras un cazador, y que tu intención era retirarme. Decidí divertirme a tu costa y perdonarte la vida. Te recomiendo que te retires del trabajo, has sido cazado, y ahora puedo sentirte estés donde estés. Si sigues cazando volveré a cazarte. Si te retiras ya sabes dónde puedes volver a encontrarme.
                                                                                                                                           C.

¿Un aviso? ¿Un reto? ¿Qué debía hacer? ¿Informar a mis superiores u ocultarlo?


Me decidí por el secretismo. Fui a la central y pedí unas vacaciones, que no me tomaba desde hacía un par de años. Me las concedieron a partir de ese momento durante tres meses. 90 días para pensar en algo en lo que pensar con respecto a lo que me había sucedido.


Por la noche había tomado una decisión. Iba a volver al local donde la conocí. Había comenzado a sentir atracción por la vampira. Esta podría ser mi perdición. Esta podrían ser las últimas palabras que escribo.


El taxi está abajo esperándome. Voy como anoche, sin pistola, eso sí. En cuanto acabe éstas palabras dejaré la nota sobre la mesa del salón junto a mi estilográfica.


Si lees esto, es que el destino se ha cumplido y he sido retirado definitivamente.


                                                                                                                                         C.F.

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